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Un jardín para Andrés
Allí sentado y solo, con la sola compañía de una ligera brisa que anticipa
la llegada del verano,
me cuentan que has dejado de existir,
que tu estrella se ha apagado de repente, sin apenas
tiempo y espacio
para acostumbrarnos a no verte.
Y allí me quedo triste y solo, sin escuchar
a ese compañero de trabajo que me anima,
sólo
con el silencio de la muerte,
haciendo frente
a la inexactitud del cuerpo
ante el desafío de la pérdida.
Me encuentro de noche tejiendo un último poema, un hasta pronto,
una lágrima derramada en verso
que va construyendo un equipaje de recuerdos y oraciones.
Te encuentro, amigo Andrés, eterno y sonriente
en una pequeña foto,
tan hermosa,
que ha herido mi corazón apoltronado.
El sol castellano moja tu traje, elegante
y adherido,
mientras suena el tierno canto del pájaro atmosférico.
Huyendo de mi último jardín, me he encontrado con el viento de tu alma palentina,
he dibujado el rostro
de este Andrés engrandecido
en esta telúrica adversidad
que ha roto el universo,
que ha partido en dos el estío.
Poema a un viejo árbol
Por detrás de un viejo puente
respira un viejo río.
Con el aire seco y descendiente
ambos
calman el fuego del estío.
Este árbol es mi amante,
mi viento, mi escondite…
Esta loma…
…que ya no soportará otro embite,
ha partido en dos el monte,
ha sofocado el trapío.
Este árbol es mi muerte,
mi sombra, mi vigía…
Respira un viejo río
conmemorando el horizonte.
Camina el viento
Camina el viento por la senda de huesos olvidados
en el atardecer de un desierto como otro cualquiera.
Ratifica el cuervo
la victoria sobre el cuerpo encendido,
desgarrando la epífisis del hombre,
declarando la lenta
primacía
de la legión asmodea.