Un jardín para Andrés

Allí sentado y solo, con la sola compañía de una ligera brisa que anticipa

la llegada del verano,

me cuentan que has dejado de existir,

que tu estrella se ha apagado de repente, sin apenas

             tiempo y espacio

       para acostumbrarnos a no verte.

 

Y allí me quedo triste y solo, sin escuchar

a ese compañero de trabajo que me anima,

            sólo

            con el silencio de la muerte,

haciendo frente

a la inexactitud del cuerpo

            ante el desafío de la pérdida.

 

Me encuentro de noche tejiendo un último poema, un hasta pronto,

una lágrima derramada en verso

que va construyendo un equipaje de recuerdos y oraciones.

 

Te encuentro, amigo Andrés, eterno y sonriente

en una pequeña foto,

            tan hermosa,

            que ha herido mi corazón apoltronado.

El sol castellano moja tu traje, elegante

            y adherido,

mientras suena el tierno canto    del pájaro atmosférico.

 

  

Huyendo de mi último jardín, me he encontrado con el viento de tu alma palentina,

he dibujado el rostro   

de este Andrés engrandecido

            en esta telúrica adversidad

que ha roto el universo,

            que ha partido en dos el estío.