De humo y nada
Fiesta verde
No cayó una gota
en todo el verano,
y los árboles viejos,
en sus tertulias,
se movían mustios,
cantando plegarias
al dios de la lluvia.
Hoy, del bosque me llegan
gritos de alegría.
El roble, la encina,
el pino, la acacia
ríen contentos,
por las suaves caricias
de las gotas que avisan,
de la lluvia intensa
que amenaza viva
sobre sus cabezas.
Cuando no quede
un alma en la calle,
empezará
la fiesta verde,
en el parque grande
de alguna ciudad,
donde llegarán cantos de brisa
del roble, la encina,
del pino, la acacia
desde la euforia de la inmensidad.
Mi malecón
El malecón espera
a que la mar le vea,
a que el viento le toque,
mientras las olas llegan.
El malecón vive esperando
espumas blancas
de arena y sal,
desde la eternidad.
Mi corazón se asoma
al cansado malecón,
cuando te quiere esperar,
aun sabiendo que llegas
de calles oscuras, con humedad,
en la otra parte de la ciudad,
y que hemos quedado en otro lugar.
Mi corazón se asoma,
para que la mar y el viento
le presten cierto
espumas blancas de arena y sal,
para poder perfumar
la otra parte de la ciudad.
Mi malecón espera
a que la mar le vea,
a que el viento le toque,
mientras las olas llegan.
La noche es
La noche oscura ha caído
sobre mi cansada almohada,
regalándome silencios
para el descanso del alma.
Otras noches,
lobos huraños,
se apresuran prestos
sobre la misma almohada,
para aullar con rabia,
letanías bravas
de desconsuelos lentos.
La noche es muy corta
cuando el alma canta,
pero demasiado larga,
para entretener fantasmas
que arrastran,
grilletes con saña,
hasta el despertar del alba.